En las empresas familiares, hay un papel que pocos mencionan y muchos evitan: el del fundador que ya no está al mando. Algunos lo descalifican llamándolo "asesor decorativo". Pero, tal vez, sea todo lo contrario.
Mi padre fundó su empresa a los 37 años. Era como un toro de Lidia: fuerte, decidido, sin rodeos. Había en él una forma de hablar clara, y su manera de educar no conocía filtros. No le importaba agradar. Era un luchador incansable, siempre mirando hacia adelante, con un ímpetu inquebrantable.
Él dirigía como un director de orquesta. No porque tuviera el título, sino porque cada colaborador sabía lo que se esperaba de él. La cultura que promovía era sencilla pero efectiva: trabajar duro, conocer a tus compañeros, disfrutar el proceso, ser honesto, hacer lo mejor para el cliente, mantener los pies en la tierra pero la mente en el cielo.
Era un inconformista de la manera que necesita una empresa familiar. No podía soportar el conformismo y estaba obsesionado con la satisfacción del cliente. Su capacidad de unir a su equipo no requería de motivación forzada en un taller. No era la amabilidad lo que hacía que lo quisieran; era su autenticidad.
A través de los años, ese diamante en bruto fue refinándose. No perdió su fuerza, pero adquirió una nueva perspectiva. Se dio cuenta de que podía enriquecer su trabajo, que la naturaleza era un reflejo divino y que lo más valioso de la vida eran las relaciones profundas. Se transformó en un hombre de tierra con la mirada hacia el cielo.
Lo importante aquí es que, aunque ya no lideraba el día a día, seguía siendo fundamental. Su presencia ofrecía consejos sin necesidad de pedir permiso. Sus conversaciones espontáneas se convirtieron en lecciones de sabiduría. Aquella brutal honestidad que tanto podía agotar en juntas se transformó en autoridad moral.
Y luego está lo que la empresa no ve, pero la familia sí: cuando mi madre sufrió un grave accidente, dejó de hablar. No fue debilidad, sino una clara señal de prioridades. El fundador que antes preguntaba "¿y la facturación?" ahora enseñaba en silencio que nada de eso tiene sentido sin los seres queridos.
Recordaba lo que sus nietos le contaban. Siempre los acogía y les decía dime que llevas en tu corazón que tal vez mi experiencia pueda ayudarte, y sabía cómo cubrir a alguien con una manta en el sofá. Tenía esa habilidad de decir lo que necesitaban escuchar, sin rodeos, para ayudar a sanar sus heridas. Con su familia profesional, aquellos colaboradores a quienes había acompañado por décadas, mantuvo esa lealtad, viviendo juntos el dolor y la ilusión.
Esta es la transición que muchas familias empresariales no logran manejar. No se trata de una jubilación, sino de una metamorfosis. De un toro que embiste al sabio que cuida desde atrás. De la fuerza que construye a la ternura que sostiene.
El "asesor decorativo" puede ser el mayor tesoro en una empresa familiar: un espejo que refleja quiénes somos sin desviar la mirada de lo que queremos llegar a ser.
¿Por qué es importante? Esta transición es un desafío para muchas empresas familiares. No se trata de dejar de trabajar, sino de transformarse. De quien respondía cada pregunta operativa a quien aborda las cuestiones existenciales.
La figura de mi padre
Algunos os preguntaréis y ¿ cómo fue él antes de ser "asesor decorativo"?.
Un hombre emprendedor, inconformista, un luchador con la simplicidad de un hombre de tierra. Un hijo de la vida en el sentido más puro, con una gran responsabilidad familiar.
Los que han podido trabajar contigo nos has transmitido el camino del trabajo constante, conocer bien a las personas con las que trabajas y saber disfrutar con ellos de las arduas tareas de trabajo, decir las cosas como son, dar lo mejor de sí para que el cliente quedara contento, tocar los pies al suelo y poner la cabeza en el cielo.
Sabemos que fuiste una persona con gran visión. Supiste rodearte de unos buenos pilares y de muchas personas.
Fuiste el director de orquesta y cada uno tocó su instrumento para tocar la mejor melodía.
Lo que vino después
El "asesor decorativo" puede ser lo más valioso: un espejo que nos ayuda a ver quiénes somos y quiénes queremos ser. Un enlace entre lo que éramos y lo que podemos llegar a ser.
Esto es lo que raramente se menciona en los cursos de sucesión: el fundador como sostén emocional y estructural de dos familias a la vez. La suya propia y la que construyó en la empresa.
Pero esto solo es posible si la familia logra preservarlo. Si, durante su tiempo como fundador, enseñó que sostener a otros también forma parte de su labor: de mantener unidos pasados, presentes y futuros.
Si en tu empresa familiar pasa algo parecido. Por favor imprime este escrito (mi padre era de los de antigua escuela). Dáselo a quien fue fundador o fundadora. Dejáselo para que lo lea y le hará reflexionar y aun aportar el doble. Y lo mejor disfrutará muchísimo.
Nos leemos en breve.
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