Echo en falta líderes con entusiasmo y respeto hacia las personas, líderes que no dejen de motivar y crear equipo. Hay días que, tras el trasiego de una jornada laboral con estrés y presión, si te dejas llevar por el desánimo nada bueno puedes conseguir.

Hace poco perdí a un familiar. Fue una persona que siempre tenía una sonrisa en la cara, a pesar de que las circunstancias a veces no acompañaran. Una persona risueña, muy decidida, que no se paraba ante los obstáculos y con un remarcado buen humor. Una persona detallista donde la familia era lo primero ante todo. Uno de mis primos comentó que fue el gran promotor de la familia, y que allá donde estuviera la seguiría liando.

Ese recuerdo me llevó a pensar en algo que leí hace tiempo: los pensamientos alimentan nuestras emociones, y nuestras emociones repercuten en nuestro comportamiento y, por tanto, en nuestros resultados. Cuando las cosas salen mal, echamos balones fuera para no sentirnos responsables; cuando salen bien, nos encanta sentirnos dueños de nuestro destino.

Tu valor no disminuye porque alguien no sea capaz de ver lo que vales. Eres tú quien realmente debe valorarse.

En todas las facetas de la vida hay que transmitir alegría y optimismo eligiendo bien los pensamientos. Si estás en modo pesimista, lo que se proyecta es tristeza. Y la verdad es que lo negativo no vende.

Un compañero de trabajo me pasó una cita que no quiero dejar de compartir:

Sé fiel a lo que crees con honestidad. No te rebajes ni te disminuyas ante los demás. No te pierdas el respeto por ti ni faltes con él a los demás. Lucha y trabaja con ahínco. Acepta las derrotas con el mismo espíritu de las victorias y sé humano. No te arrepientas de dar la mano siempre y a quien lo necesita.

Para aquellos que a veces tengan días difíciles: no dejes que nada te quite la alegría. El entusiasmo no es ingenuidad — es una decisión estratégica que marca la diferencia tanto en el liderazgo como en los resultados de negocio.